Máster y entrevista

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Updated: junio 20, 2019

El I Congreso de Sistemas Agrícolas Tradicionales (a celebrar en Tenerife organizado por InterVegas) y el Máster de Agroecología, Soberanía Alimentaria, Ecología Urbana y Cooperación al Desarrollo Rural son dos actividades detrás de las cuales está la ilusión de muchas personas. José Luis Porcuna es una de ellas y es un sólido pilar de la agrocecología en España. 

El Máster de Agroecología, Soberanía Alimentaria, Ecología Urbana y Cooperación al Desarrollo Rural pretende, en palabras de Porcuna, “ser un espacio de encuentro transdisciplinar, donde se aborde la formación de los alumnos con una perspectiva amplia, multicultural y multifacética. El objetivo es aprender a mirar los sistemas agrarios desde una visión holística, comprendiendo las complejas interacciones que tienen con los procesos geopolíticos, sociales, económicos, culturales y sobre todo biológicos. Comprender lo que nos comprende es el objetivo del máster. Comprender, para poder diseñar, manejar y evaluar la capacidad de los agrosistemas de transcender en el tiempo”. El máster pretende ser un reto técnico y humanista que nos sirva para comprender, sigue Porcuna, “nuestra propia humanidad desde la manera de producir alimentos de las distintas culturas y desde las distintas estrategias.  Aprender a mirar, para poder comprender. Aprender la etiología de los problemas para poder remediarlos. Aprender a diseñar y a manejar los agrosistemas para que permanezcan sanos”.
Por otro lado, señala nuestro entrevistado, “la cultura imperante es cada vez mas técnica, economicista y elitista. La cultura actual ha expulsado a la agricultura de la cultura. Se circunscribe el mundo de la cultura al mundo del arte, olvidándose que el principio de la cultura estaba ligado a la agricultura. De hecho la primera accesión que aparece en el diccionario de «cultura» es «cultivo». Los sistemas agrícolas tradicionales han sido desprovistos de todos sus valores y se olvida que son depositarios de toda una cosmovisión que ha servido para dotar a la humanidad de alimentos saludables sin hipotecar los recursos productivos. Parece oportuna e importante la necesidad de una resacralización de lo sistemas productivos para entender sus valores éticos y morales, de una constitucionalización para incorporarlos dentro del ordenamiento jurídico, de una reeducación social que facilite una mirada distinta, de una valorarización de los importantes servicios ambientales que prestan y de una naturalización de la medicina, cada vez mas atrapada en el beneficio empresarial que en el beneficio de la humanidad. De todo eso nace el I Congreso de Sistemas Agrícolas Tradicionales. Un espacio para la reflexión, para la creación de propuestas y para la organización de estrategias que contribuyan a la puesta en valor de los sistemas agrícolas tradicionales”.

-¿Puedes hacernos un balance de cómo ha ido el máster de Agroecología, Soberanía Alimentaria, Ecología Urbana y Cooperación al Desarrollo Rural de la Universidad de la Laguna? ¿Qué destacarías?
-La elaboración del máster ha sido un proceso muy participativo y muy ilusionante.  Después de siete ediciones del mismo, como curso de extensión universitaria, las autoridades académicas de la Universidad de la Laguna nos propusieron que hiciéramos el intento de reconvertirlo en máster. Y eso hemos hecho. Hemos elaborado un programa en el que han participado los mejores agroecólogos, los mejores profesionales y las mejores empresas que trabajan en el ámbito de la agroecología y el desarrollo rural para conformar un programa con argumentos sólidos y una visión práctica del manejo de los recursos productivos.

-Háblanos del I Congreso de Sistemas Agrícolas Tradicionales, que celebrareis en octubre en Tenerife organizado por InterVegas, junto con la Cátedra de Agroecología «Antonio Bello», FIAES y el Instituto Canario de Investigaciones Agrarias (ICIA)…
Este primer congreso de sistemas agrícolas tradicionales pretende ser un espacio que sirva de soporte para desarrollar un gran diálogo de todos los territorios que ven cómo sus sistemas agrarios más precisos y preciosos son arrasados por el desarrollismo que conlleva la urbanización, la industrialización y la desculturización de la sociedad. Este es un proceso que se da especialmente en los países desarrollados pero que también se da, mediante la agroindustrialización de los procesos de producción, en los países empobrecidos, ante la mirada atónita de una sociedad que parece cada vez más temerosa de abordar la realidad, de una clase política incapaz de abordar la situación porque no serían respaldados por sus votantes y de unos poderes económicos que cada vez parecen escapar más de los controles sociales, éticos y ambientales.

-¿Hacia dónde va el mundo de la agricultura? ¿Tiene dos cabezas? ¿Una hacia la agricultura transgénica y otra hacia la más ecológica?
El debate sobre el desarrollo futuro de la producción de alimentos es compleja. Por una parte está la visión tecnocrática que defiende la industrialización de la producción de alimentos hasta los máximos niveles que la tecnología lo posibilite y, por la otra, la visión agroecológica que procura una producción de alimentos ligada a la agricultura familiar, de bajos insumos y de respeto a los elementos productivos: tierra, agua, aire y semillas. Evidentemente son visiones distintas. En una se prioriza la productividad y en la otra el bienestar de los productores, de los consumidores y de la propia Tierra. El calentamiento global, la presencia de sustancias tóxicas y persistentes en toda la cadena trófica, el deterioro de los recursos productivos… parece indicar la bondad o no de uno y otro camino. Pero muchas veces la decisiones no se toman con la lógica del pensamiento humanista sino con la lógica de «Walt Street»; no con la lógica de los hombres y mujeres, sino con la lógica de las máquinas…

-Ahora que todo el mundo ve las perspectivas que supone la crisis climática y la pérdida de biodiversidad (ya se habla de la sexta extinción)… ¿es más fácil que cada día se pase más gente a la agricultura orgánica?
Indudablemente hace falta una gran reflexión social para pensar hacia dónde vamos, hacia dónde nos dirigimos. Pero no sé si la sociedad está dispuesta a repensarse. Cada día sabemos más sobre la necesidad de ecologizar nuestros sistemas de producción de alimentos, pero también sabemos que los exegetas amparados por el poder siguen creando opinión para desacreditar y ridiculizar todo aquello que no atienda a las lógicas del mercado agroquímico. El tiempo se agota. Sabemos que aunque hoy empezáramos a cumplir todas las restricciones en cuanto a la emisión de carbono, la inercia del Sistema continuaría exactamente igual hasta 100 o más años… Pero la población está abstraída de este debate y de la problemática que conlleva… Más tarde o temprano tendremos que abordarlo… Sin embargo todos los indicadores ya señalan que es tarde…    No lo estamos dejando fácil a las próximas generaciones.

-¿Qué has aprendido en todos estos años de dedicación al mundo de la enseñanza en lo que a la agricultura ecológica respecta?
-Pues sí he aprendido algo: es lo que Ortega y Gasset repetía hasta la saciedad. Hay que cuidar lo que pensamos. Primero porque todas las células de nuestro cuerpo nos están escuchando y segundo porque los pensamientos se convierten en instrumentos adheridos a nuestra propia vida, con los que vamos escudriñando todas las cosas. La Cultura es todas las culturas y la Verdad es todas las verdades. Parece que cada vez aparecen más jóvenes dispuestos a retar este destino y a construir un espacio distinto donde la humanidad recupere su propio humanismo. Ojala nuestra Multiversidad de Agroecología Biodiversidad y Culturas contribuya aunque solo sea en una muy pequeñísima proporción a construir ese nuevo pensamiento humanista. Necesitamos gente, hombres y mujeres que propongan con más intensidad, que protesten, que enuncien con maá intensidad, que denuncien… Para que todo esto siga caminando es necesario seguir trabajando en información, en formación y en concienciación. A principios del siglo pasado, para poder construir una sociedad «no vasalla» sino compuesta por ciudadanos libres, parecía imprescindible alfabetizar a la población. Que la gente supiera leer y escribir para poder aprender y comunicarse. En este siglo para poder construir una sociedad de hombres y mujeres libres, con capacidad de pensar, es imprescindible una nueva alfabetización de temas ambientales, para poder leer la realidad de lo que ocurre al planeta y entender que tenemos que aprender a leer con otros valores y con otras visiones.

-¿Quiénes han sido tus máximas referencias?
-Creo que en nuestro país hemos tenidos importantes científicos, técnicos y agricultores que han contribuido a fundamentar las bases y principios de la agroecología.  Para mí han sido referente, en el sentido que he aprendido de ellos a mirar y a comprender, Javier Tello,  Antonio Bello (ya fallecido),  Miguel Altieri,  Jorge Riechmann,  Mery Jaizme, Julio Quilis… Se me olvidan muchos, pero el diálogo ha sido muy amplio y de muchas gentes. He aprendido muchísimo de las observaciones de los técnicos de cooperativas agrarias con los que he trabajado durante muchos años, de los comentarios que a veces pasan desapercibidos de muchos agricultores… De la visión de los biodinámicos y de la lectura de textos poco ortodoxos que miran a las plantas de otra manera… De las aportaciones de los investigadores de la epigenética… En fin, de muchos y un poco de todos.
-¿Qué te queda por hacer en el mundo de la agricultura ecológica y sus afines?
-Sí, me gustaría terminar un trabajo que no sé si me dará tiempo. Me gustaría demostrar que muchos de los problemas que tenemos se generan en los semilleros. El modo de producción tan intensiva  crea muchos problemas que más adelante, con la planta adulta, pasan aparentemente desapercibidos. La planta recuerda cómo creció en los primeros estadios y ello le condiciona el resto de su vida. El cambio tecnológico desde los semilleros tradicionales ha conllevado unas consecuencias en los agrosistemas que no se han terminado de estudiar ni de definir. Me gustaría poder terminar ese trabajo.

-¿Qué ha sido lo más bonito de todos estos años?
-Lo más bonito de todo este trabajo es cuando alguien, que tú no conoces, te para por la calle… y te dice que fue un alumno tuyo y que  gracias a un curso que hizo aquello dio orientación y sentido a su vida. Cuando alguien que no recuerdas te da las gracias, todo cobra sentido y te llenas de ilusión para seguir trabajando.  También es reconfortante, cuando ves que los conceptos, los principios agroecológicos van conformándose cada vez con más fortaleza. Cuando escuchas cosas de gente que quieren compartir y ves que las ideas por las que trabajas toman forma en los campos de muchas personas… y que los resultados esperados se van cumpliendo… Es magnífico comprobar que nuestro trabajo como técnicos crece y se consolida con las experiencias y las observaciones de mucha gente que ni siquiera conoces… Así se va conformando un marco teórico-practico que sirve de base para construir nuevos proyectos y nuevos argumentos agroecológicos. Así se va conformando un marco teórico…

-¿Qué ha sido lo más duro?
-Lo más duro es cuando pierdes los afectos. Cuando se resiente la amistad. Cuando en el debate de argumentos se infiltran intereses… Probablemente no hay efectividad sin afectividad… y muchas veces lo olvidamos… pero eso es la vida. A veces dedicamos mucho tiempo a mejorar el medio ambiente y dejamos de prestar atención a mejorarnos a nosotros mismos. Como si nosotros no fuéramos también medio ambiente.

-¿Alguna anécdota divertida?
-Muchísimas… Pero me gusta recordar cuando, en un curso de verano de la Universidad Politécnica de Valencia, en una visita de campo en la huerta, con el profesor Antonio Bello, nos confundieron con un grupo de ocupación o algo parecido. En unos minutos fuimos rodeados por 6 furgonetas de antidistirbios… Al comprobar que Antonio estaba explicando y los alumnos tomando notas… Sin más, los agentes, mientras recibían órdenes, se pusieron a escuchar la clase de Antonio, y a comentar entre ellos lo interesante que resultaba su discurso. Tenemos fotos de aquel kafkiano momento que muchas veces nos gusta recordar.